
Los hay grandes y pequeños. Algunos
llevan creciendo durante años y otros prácticamente acaban de nacer. Puede que
den frutos y puede que no. Están en bosques, selvas, montañas… pero también
oxigenando grandes ciudades. Verde, marrón y ocre son sus principales colores, aunque
los hay tan presumidos que con cada nueva estación deciden cambiar su apariencia.
Unos cambian ligeramente el tono de sus hojas y otros se desprenden de ellas.
En ocasiones,
las caprichosas formas de sus ramas tejen una enredadera perfecta que apenas
deja pasar el sol cuando decides refugiarte bajo ellos. Otras veces son mucho
más minimalistas y presentan una sencilla estructura. Pueden ser el hogar de distintos
animales, o simplemente una parada en su camino.
Las hojas que
nacen de cada una de sus extremidades no solo pueden tener un amplio abanico de
colores, sino que también de formas. Ovaladas, redondeadas, alargadas, con el
borde en sierra o liso, formando grupitos, pequeñas o con gran presencia, brillantes,
lisas, acartonadas… Las opciones son infinitas porque depende tanto de la
familia a la que pertenezca como del entorno en el que crece.
Lo mismo ocurre
con su tronco, que puede ser grueso y consistente pero también escuálido y
aparentemente frágil. Rugoso o firme, recubierto de musgo o desnudo, incluso arañado
y marcado por las iniciales de jóvenes enamorados.
Cada uno es
único, diferente. Son un elemento clave para el desarrollo de la vida ya que no
solo nos aportan color, alegría, sombra o materia prima… sino que se encargan
de limpiar el aire que respiramos. Por ello no deja de ser curioso que siendo tan
importantes para nosotros casi no los valoremos, no los cuidemos e incluso no
los veamos.
¿Adivinas dónde
está este árbol?
Las fotos te
deberían haber servido como pista, especialmente la que se encuentra justo
encima de este texto. Pero por si estás despistado continuaré ayudándote a
ubicarlo. Se encuentra en una calle de Pamplona, a la entrada de un famoso
parque de la ciudad.
Su tronco,
bañado en musgo, se alza con elegancia unos cuantos metros para acabar
dividiéndose en infinidad de ramas que han crecido hacia el suelo, formando una
fortaleza perfecta. Al adentrarse en la cabaña que ha creado, podemos ver una
escultura que parece representar una mujer y que está rodeada de coloridas flores.
Todos los días
ve pasar niños que van con sus abuelos a ver los animales que hay en el recinto
(patos y ciervos principalmente), villavesas e incluso huéspedes de un hotel cercano
que se aventuran a descubrir la capital navarra.
Bienvenido a la
Taconera. Seguro que habrás pasado muchísimas veces, pero ¿lo habías visto alguna
vez?