jueves, 13 de septiembre de 2018

El árbol


Los hay grandes y pequeños. Algunos llevan creciendo durante años y otros prácticamente acaban de nacer. Puede que den frutos y puede que no. Están en bosques, selvas, montañas… pero también oxigenando grandes ciudades. Verde, marrón y ocre son sus principales colores, aunque los hay tan presumidos que con cada nueva estación deciden cambiar su apariencia. Unos cambian ligeramente el tono de sus hojas y otros se desprenden de ellas. 


En ocasiones, las caprichosas formas de sus ramas tejen una enredadera perfecta que apenas deja pasar el sol cuando decides refugiarte bajo ellos. Otras veces son mucho más minimalistas y presentan una sencilla estructura. Pueden ser el hogar de distintos animales, o simplemente una parada en su camino.


Las hojas que nacen de cada una de sus extremidades no solo pueden tener un amplio abanico de colores, sino que también de formas. Ovaladas, redondeadas, alargadas, con el borde en sierra o liso, formando grupitos, pequeñas o con gran presencia, brillantes, lisas, acartonadas… Las opciones son infinitas porque depende tanto de la familia a la que pertenezca como del entorno en el que crece.


Lo mismo ocurre con su tronco, que puede ser grueso y consistente pero también escuálido y aparentemente frágil. Rugoso o firme, recubierto de musgo o desnudo, incluso arañado y marcado por las iniciales de jóvenes enamorados.

Cada uno es único, diferente. Son un elemento clave para el desarrollo de la vida ya que no solo nos aportan color, alegría, sombra o materia prima… sino que se encargan de limpiar el aire que respiramos. Por ello no deja de ser curioso que siendo tan importantes para nosotros casi no los valoremos, no los cuidemos e incluso no los veamos.

¿Adivinas dónde está este árbol?


Las fotos te deberían haber servido como pista, especialmente la que se encuentra justo encima de este texto. Pero por si estás despistado continuaré ayudándote a ubicarlo. Se encuentra en una calle de Pamplona, a la entrada de un famoso parque de la ciudad.

Su tronco, bañado en musgo, se alza con elegancia unos cuantos metros para acabar dividiéndose en infinidad de ramas que han crecido hacia el suelo, formando una fortaleza perfecta. Al adentrarse en la cabaña que ha creado, podemos ver una escultura que parece representar una mujer y que está rodeada de coloridas flores.

Todos los días ve pasar niños que van con sus abuelos a ver los animales que hay en el recinto (patos y ciervos principalmente), villavesas e incluso huéspedes de un hotel cercano que se aventuran a descubrir la capital navarra.  

Bienvenido a la Taconera. Seguro que habrás pasado muchísimas veces, pero ¿lo habías visto alguna vez?






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